La tolerancia no puede ser solo un eslogan
Estimados vecinos y vecinas,
Quiero usar estas líneas para hablar de algo que va más allá de los nombres y de los cargos. Quiero hablar de la tolerancia. Esa palabra que se repite mucho en política, pero que no siempre se practica cuando de verdad importa.
Durante años, desde la izquierda se nos habló de respeto, de diversidad, de convivencia y de aceptar al que piensa distinto. Incluso en la última campaña vimos llamados explícitos al mundo cristiano para sumar votos, para apoyar proyectos que prometían diálogo y amplitud. Pero hoy, cuando esas mismas convicciones no coinciden con su mirada, el discurso cambia.
El nombramiento de Judith Marín como ministra de la Mujer no abrió una discusión seria sobre políticas públicas o desafíos reales para las mujeres. Lo que vimos fue otra cosa. Ataques personales, prejuicios, caricaturas y descalificaciones que no tienen que ver con su trabajo ni con su capacidad, sino con sus creencias. Como si pensar distinto fuera una amenaza.
Eso no es tolerancia. Es intolerancia disfrazada.
Y no fue un hecho aislado. Hace pocos días, el diputado Matías Ramírez, parlamentario en ejercicio que no logró ser reelecto, atacó públicamente a la diputada Chiara Barchiesi con insultos personales y misóginos. No fue una crítica política. Fue una agresión verbal directa. Lo más llamativo no fue solo el ataque, sino el silencio posterior. Si esas palabras hubieran venido desde la derecha, el escándalo habría sido inmediato. Esta vez, muchos prefirieron mirar para el lado.
También se conocieron denuncias de trabajadoras de Prodemu, quienes acusaron maltrato institucional, negligencia y abandono durante la administración anterior. Mujeres que dicen haber sido maltratadas por un sistema que decía defenderlas. Un golpe duro al discurso feminista que durante años se levantó desde el poder.
Todo esto muestra algo preocupante. Para algunos, la tolerancia dura solo mientras gobiernan. Cuando pierden el poder, desaparece el respeto. Cuando el que piensa distinto no pertenece a su sector, ya no merece consideración.
En una democracia sana, nadie debería ser juzgado por sus creencias, su fe o su forma de pensar. Las autoridades deben ser evaluadas por su trabajo, por sus decisiones y por sus resultados. Nada más. Todo lo demás es ruido que solo divide y deteriora la convivencia.
Chile necesita menos consignas y más coherencia. Menos discursos grandilocuentes y más respeto real. Porque la tolerancia no puede ser una herramienta electoral. Tiene que ser un principio permanente.
Gracias por leer y por seguir creyendo que es posible una política distinta, más honesta y más humana.
José Carlos Meza